martes, 18 de octubre de 2016

Orlando Yorio , Testigo Fiel



Recomparto contenido de la semblanza elaborada por Eduardo y Silvia Caram sobre el p. Orlando Yorio. Importante integrarla a momentos de charla familiar , reuniones de comunidad , momentos de oración y reflexión ... permitir permear en nuestros procesos aquello que Orlando continúa transmitiendo desde su testimonio , vivencias y palabra. 
En esta semblanza Eduardo y Silvia escogieron compartir el escrito elaborado por Orlando llamado "Pascua Patagonica". Al estilo de Orlando ... esa brillante capacidad de extraer de vivencias cotidianas la savia más nutritiva para la Vida-FE.  
Este fin de semana compartiremos copias impresas de esta semblanza , también la pueden leer  o bajar e imprimir desde la bibliotequita digital Orlando Yorio (en el sector Semblanzas) , dejaremos una copia de la misma en librería "Mana" por si a alguien la desea y le es más practico fotocopiarla. 
Bendiciones y buena semana!
Cristian  

ORLANDO YORIO , TESTIGO FIEL

Nació en Santos Lugares, Buenos Aires en 1932. Sacerdote Jesuita, teólogo de los pobres y sencillos. Filósofo y Doctor en Derecho Canónico. Fue detenido-desaparecido el 23 de mayo de 1976 en su vivienda de la Villa del Bajo Flores, junto  a  su compañero Francisco Jálics, estuvieron detenidos durante cinco meses por la dictadura militar.
En esos tiempos, centenares de religiosos, la gran mayoría católicos, fueron desaparecidos o asesinados por la dictadura argentina (1976-83), incluidos casos como el de dos religiosas francesas: Léonie Duquet y Alice Domon o los homicidios de los obispos de La Rioja, Enrique Angelelli y el de San Nicolás, Carlos Ponce de León.
Ese período fue el crimen de masas más atroz que conoció la historia argentina, no hubo una guerra, sino un Estado que decidió desaparecer 30 mil personas (en su gran mayoría delegados de fábricas, militante barriales, cooperativistas, catequistas...) y, por las dudas, también se apropió de sus hijos para instalar un modelo económico basado en la exclusión de los sectores más vulnerables.
Cuando aparecen con vida el 25 de octubre de 1976 Orlando es inmediatamente incardinado por Monseñor Novak en la diócesis de Quilmes y también recibido por Monseñor Jaime de Nevares y sale del país para hacer la Licenciatura en Derecho Canónico en la universidad Gregoriana de Roma. Su compañero de cautiverio Francisco Jálics sale a Estados Unidos donde están sus familiares.
El 16 de julio de 1985 Orlando declara en su calidad de ex desaparecido en el Juicio a las Juntas Militares, las repercusiones de su declaración son un testimonio importante como prueba en los juicios que se realizan en el presente.
En el año 1988 es pedido por Monseñor Hesayne, obispo de la diócesis de Viedma (que en ese momento abarcaba toda la provincia de Río Negro), que lo designa como Vicario de Justicia y Secretario de Planificación Pastoral. Recorrerá muchos lugares de la provincia de Río Negro y su última parroquia va a ser la de Ingeniero Jacobacci.
A causa de la división de la diócesis en el año 1993 regresa a Quilmes donde es Vicario del Clero y párroco del barrio Marítimo.
Acompañó activamente como asesor, el pensamiento teológico que iba surgiendo en argentina a través de los Seminarios de Formación Teológica para laicos.
El 9 de agosto del año 2000, a la 1.05 Hs. de la madrugada muere y pasa a formar parte del número de “seres queridos resucitados que nos miran desde el cielo” como él decía en el momento de los difuntos.
Expresó el teólogo chileno Ronaldo Muñoz: “Estar con el pueblo fue su experiencia, su historia, su dolor. Abandonado por la autoridad religiosa y secuestrado por la militar, torturado hasta el borde de la muerte, dejándolo marcado con heridas profundas. Todo esto le pasa por compartir  la vida, la vida del pueblo.”
El obispo  Miguel Esteban Hesayne nos comparte:
“Cuando supe  de la persecución sufrida por fe y amor a Jesucristo en entrega generosa a los más pobres y marginados, lo he considerado un mártir que seguía conviviendo entre nosotros  en forma silenciosa y humilde. Jamás hizo alarde del cruel cautiverio sufrido. Convivir con Orlando en el Obispado de Viedma fue la experiencia inolvidable de hacer realidad una comunidad orante, alegre, con gran densidad humana, bañada con gracia de lo alto,  hasta la diversidad de opiniones nos servía  para dialogar en amistad fraterna”.

El profesor Oscar Campana nos cuenta de su teología:
“Una teología hecha en comunidad, no hecha sólo por el “especialista”. Orlando no representa, ni siquiera, al teólogo que va a “bajar” pastoralmente sus elucubraciones, sino más bien a aquél que desde lo pastoral busca refugios para el pensar y para el pensar con otros.Un método testimonial, que daba cuenta de la pluralidad de la Iglesia que se manifestaba en un encuentro y en un compartir la propia vida y la propia fe.
Los escritos de Orlando dan cuenta de una serie interminable de narraciones, de relatos, de cuentos, que se van entrelazando sin definir, sin acotar, sin cercenar las ideas, sino más bien insinuando, abriendo senderitos de montaña, más que grandes autopistas. La teología de Orlando habla de lo que él vio y oyó. No solo del saber erudito adquirido –que lo poseía, era un “intelectual”-, pero él sabía leer ese otro texto, que es el texto de la vida propia y la de aquellos con los que él decidió compartirla.


Compartimos una de sus historias:

PASCUA PATAGONICA: PASO DE LA MUERTE A LA VIDA

La primavera en la meseta patagónica se siente como una fuerte renovación de la vida que es un misterio de lo que baja de arriba y de lo que se anima de abajo a subir. El hielo tiene que derretirse y penetrar la tierra; o todavía no llovió lo suficiente y tiene que caer aún otra lluvia; o es importante que el sol brille de arriba hacia abajo hasta que se termine de derretir el hielo.
Y lo de abajo es importante. Todo viene muy despacito. Todo se va insinuando muy lentamente. El viento sopla y vuelve a secar lo que llovió, o el poquito de agua que salió del hielo, y hay peligro de que los brotecitos se vuelvan a secar. Uno va sintiendo todo eso y llega un momento en que hace fuerza para que venga el sol y la lluvia de arriba hacia abajo y para que los que viene de abajo hacia arriba no se canse de ir saliendo. Allí la primavera es mucho más lenta y más trabajosa.
En Buenos Aires viene como regalada y no nos damos cuenta.
Es importante el hecho de que haya que bajarse, agacharse, y reconocer que hay momentos en que tenemos que tocar fondo. Todo método pastoral tiene un techo o tiene un fondo y hay que animarse a reconocerlo para renovarse. Es bueno seguir hasta el fondo de nuestras pastorales y es bueno también reconocer los límites. Si uno empieza a plantear y no querer bajar hasta el fondo, de repente se pierde lo nuevo.
Y hablando de la Patagonia, del bajar y subir, les cuento esto que sigue:
Antes de que empiece la primavera, en el momento de la nieve, hay hambre, no sólo en la gente, sino también en los animales. Salvo los gatos, en la nieve se atontan los pajaritos y los gatos los cazan más fácilmente, pero  a los perros les pasa como a las personas o  aún peor.
Frente a mi parroquia había un perro ladrón, que venía a robar porque pasaba hambre y mucho más cuando había nieve. Un perro grande. Yo le tenía bronca porque me desparramaba la basura. Nos teníamos bronca mutuamente. Él me veía y escapaba porque sabía que me hacía lío.
Un día yo estaba rezando; la camioneta no estaba; el garaje estaba cerrado, y es eso sentí unos ladridos que salían de adentro del garaje. Estaba rezando el rosario. Era el único momento que tenía, porque sabía que al rato me iban a venir a jorobar. Me dije: “Yo estoy rezando en paz”. Pero al rezar pensé en la Virgen. Y me vino a la mente qué me diría la Virgen acerca del perro, porque me di cuenta que el que ladraba era él, que estaba encerrado y quería que lo sacara. Ya no pude seguir rezando el rosario y me fui a buscar la llave.
Llegué, abrí, pero no vi al perro. Después de unos momentos me di cuenta, había un foso para arreglar la camioneta, se había caído adentro…
Cuando los ojos se me acostumbraron a la oscuridad, me acerqué un poco más y allá abajo, en la otra punta del foso, vi que me miraba con ojos de bronca, de pedido de clemencia, ojos de perro con angustia. Las tres cosas estaban mezcladas: la bronca, la angustia y el pedido de ayuda.
Puse una escalera y bajé del lado opuesto a donde él estaba, y me quedé sin saber qué hacer.
El foso era un charco lleno de barro por el hielo derretido; estaba hecho una porquería. Caminé en el barro. Di un paso, después otro… y el perro se acercó. Me quede quieto, quieto, y él me lamió la mano. Entonces me animé, lo alcé, era grandote, lo puse arriba, y salió corriendo. Me dejó todo embarrado.
A partir de ahí yo comía un bife y ya no tiraba el hueso en la basura, lo ponía aparte. Y el perro ya no me ladraba cuando pasaba por la casa de él. Algo nuevo había pasado, para ello necesitamos los dos encontrarnos en lo más abajo.
Parece que es importante, en la vida, el admitir que a veces uno tiene que encontrarse y bajar hasta el fondo, desde ahí se puede subir.
Jesús va hasta el infierno. No solo va a una muerte infame, o va hasta el sepulcro; la primera devoción cristiana dice que va hasta el infierno. Baja justamente para romper, para sacar de la soledad a cada uno. El infierno es soledad, el infierno en sí es incomunicación.
Jesús no resucita antes de haber ido hasta el infierno, hasta la soledad de cada uno, de cada mujer, de cada hombre. Lo está haciendo en la historia. Lo sigue haciendo. La resurrección de Él es un acontecimiento de convocatoria, de pueblo. Bajar hasta el fondo tiene relación con animarnos a llegar a las últimas posibilidades de soledad que tienen aquellos con los que nos encontramos y que tenemos nosotros mismos, y una expresión es esa vida que se renueva porque se anima a bajar hasta lo último y desde allí a subir.